Hoy le escribo a los hombres

Esta vez les escribo a los hombres. Dudé mucho en escribir este texto. Principalmente, porque es muy probable que no me lean, y hace tiempo que decidí dejar de hablarle a la pared. Mi audiencia, cuando escribo, está compuesta casi en su totalidad por mujeres. Los hombres rara vez nos leen a las mujeres. Sara hoy me dijo una frase que leyó de Elena Garro y nos impactó mucho. Ella dijo que los hombres no la leían, ella si leía hombres, pero ellos a ella no. Esta frase enmarca perfectamente la autoridad -concreta y abstracta- que tenemos frente a los hombres. Poca.

Otra razón por la que dudé en escribirlo es porque, de verdad, no odio a los hombres. Y como siempre, mi miedo a tocar estos temas es reflejar un falso antagonismo entre hombres y mujeres. Porque cuando a una autoridad se le señalan sus defectos o “áreas de oportunidad” esta generalmente se lo toma como una ofensa. Y, como muchas, yo navego por la vida evitando esos malentendidos (cada vez menos).

La última, es porque estoy harta -de nuevo, como muchas- de explicar una y otra vez el feminismo a oídos sordos. No es mi responsabilidad, no me alcanza el tiempo y no logro nada.

Sin embargo, hoy decidí que tengo algo importante por decir y voy a decirlo. A sabiendas de que probablemente la mayoría de mis lectoras, de nuevo, sean mujeres. Y pensando que, si bien hoy me dirijo a hombres, es factible que otras se identifiquen con mi sentir y mi texto combata un poco ese sentimiento de locura que nos crea el cuestionar esa carencia ‘natural’ de autoridad a la que estamos sujetas.

Habiendo aclarado el por qué de mi texto, empezaré con su ‘qué’.

Lo que quiero decirles hoy puede ser doloroso, causar rabia u obstaculizar que más hombres se sumen al movimiento feminista, pero es importante: El primer trabajo que tienen que hacer para sumarse es revisarse a ustedes mismos. Encabezar marchas, alentarnos a denunciar, predicar que debemos dejar a nuestros agresores, poner su foto de Facebook con fondo morado y salir a marchar, NO SUMA. No es solidario, y parece más un intento por colocarse como autoridades en este movimiento que a tantas generaciones de mujeres les ha costado y nos cuesta tanto.

Ustedes ya tienen la verdad en muchos campos. En el 2017 la revista Líderes sacó un especial de marzo celebrando que el 18% de los cargos directivos en México eran ocupados por mujeres. Solo NUEVE mujeres han sido gobernadoras en la historia de México. Cero presidentas de la República. En el Sistema Nacional de Investigadores, el 37% de las plazas las ocupan mujeres. ¿Se dan cuenta que ustedes siguen siendo -por mucho- los dueños del conocimiento?

Sin embargo, nosotras, las que cuidamos a los enfermos, cocinamos, limpiamos, parimos, somos parteras -facilitando los partos de otras-, llevamos la carga emocional de nuestras familias, etc. Ya saben, posibilitamos la existencia de la raza humana. Somos autoras del 100% de los movimientos, las colectivas, la literatura, la investigación y la ciencia en el campo del feminismo. Lo crearon de cero nuestras madres, abuelas, bisabuelas, y todas las mujeres en nuestros árboles genealógicos.

¿Por qué nos lo quieren quitar?

¿No les es suficiente que siendo nosotras más de la mitad de la población en el planeta, y concretamente en el país, ustedes dominen la -gran- mayoría de puestos donde se toman decisiones y se produce -y legitima- el conocimiento?

Esperando que para este punto de mi texto ya estén algo convencidos, les comparto algunas cosas que creo que están en sus manos. Siéntense, la lista es larga.

Revisen sus propias violencias. No están exentos, se los aseguro. Piensen en cómo hablan de las mujeres cuando están rodeados de puros hombres. Piensen cómo les permiten hablar de nosotras a sus amigos, a sus compañeros de trabajo, a su equipo de fútbol, a sus círculos cercanos compuestos por hombres. Hagan conciencia de la violencia que ejercen hacia nosotras en estos espacios. Piensen en cómo tratan a las mujeres que tienen a su alrededor, quizás no les pegan pero ¿Las interrumpen? ¿Las ignoran? ¿Las hacen sentir locas? ¿Las celan? ¿Las manipulan? La violencia no es solo la que ejerce el feminicida que ven en la tele, va mucho más allá de eso. Y la violencia limita el acceso a una vida libre y humana.

No hablen de las mujeres a sus espaldas. Dejen de opinar entre hombres sobre el empleo de las mujeres que tienen cerca. Dejen de hablar de nuestras relaciones. No hablen de nuestros cuerpos. No crean que nos hacen un bien al comentar nuestras vidas con otros hombres. Es violento. Si tienen algo que decir sobre nosotras, diganoslo de frente. Si no pueden o no quieren, entonces no lo digan. Y preguntense por qué vale la pena decirlo con otros hombres y no con nosotras.

Sospechen de sus privilegios. Sobre quién cae la carga administrativa de su hogar para que puedan cumplir con el 8–8–8, ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho de descanso. Piensen lo que hacen sus co-partes mujeres. ¿Cómo distribuyen las horas de su día? ¿A qué dedican su tiempo y energía vital? Si ustedes tienen un papel activo en sus casas ¿Quién organiza estas actividades? ¿Quién les dice qué hacer?

Lean a escritoras mujeres. Vean películas dirigidas por mujeres. Escuchen música compuesta y producida por mujeres. Voten por políticas mujeres. Escuchen nuestras opiniones. Compren nuestros productos. Hagan caso a nuestras recomendaciones y pongan atención a nuestros consejos. Reconozcan nuestra autoridad.

A las mujeres nos cuesta mucho trabajo ser partícipes de este mundo de hombres. Estudiar, divertirnos, producir dinero, escribir, salir a la calle, entre otras. Todas estas actividades representan una serie de peligros inminentes para nosotras. Con espacios públicos y privados plagados de violencia de género, es verdaderamente un reto para nosotras ocuparlos. Esto, sumado a que difícilmente somos validadas por quienes están en posiciones de poder -normalmente hombres-, hace que para nosotras sea una tarea titánica posicionarnos como autoridades. Entonces por favor, reconózcannos cuando lo hacemos.

También reconozcan nuestra autoridad cuando no lo hacemos. Somos siempre las cocineras, pero pocas veces las chefs. Siempre las curanderas, pero difícilmente las doctoras, y cuando lo somos se empeñan en llamarnos señoritas. Somos las que cantamos para que los niños se duerman, pero las que pasamos a la historia como putas o perras cuando perseguimos una carrera de cantantes. No nos dejan ser expertas ni en lo que somos expertas.

Dejen de juzgar y menospreciar a las mujeres que no sabemos de lo que ustedes saben. Dejen de ridiculizar a quienes no buscan una carrera donde la buscan ustedes. No pongan en ridículo a ninguna mujer por no saberse la capital de un país, por no saber matemáticas, por no tener un trabajo pagado. ¿Quién los entiende? Obstaculizan que ocupemos los espacios que creen suyos, nos ven como una amenaza cuando lo intentamos. Pero nos humillan y juzgan por decidir no ocuparlos. Nos quieren en un eterno intento de masculinizarnos, solo para después regodearse de que no lo logramos.

Reconozcan que nuestros saberes son válidos. Que sabemos lo que hacemos. Si bien el 41.1% de las madres en México no cuentan con educación formal básica terminada, el 100% de ellas han logrado la supervivencia de la especie. ¿No es esto suficiente para considerarlas expertas?

Además de sobrevivir a una cantidad inmensurable de violencias, lo hacemos mientras criamos, alimentamos, curamos, cocinamos, generamos conocimiento, producimos dinero, migramos, nos apoyamos, rompemos estereotipos, creamos comunidad, y un sin fin de actividades. En fin, vivimos mientras estamos sobreviviendo. ¡Y cómo vivimos! Disfrutamos la vida incluso en las condiciones más precarias. Desarrollamos estrategias creativas para encontrarnos, celebrarnos e impulsarnos. Cargamos con roles femeninos -que nadie aplaude- y nos pasamos la vida rompiendo barreras para ocupar, también, roles tradicionalmente masculinos. Lo mínimo que pueden hacer es reconocernos, si no admirarnos.

Necesitan activarse, asimilar que el poder y conocimiento -válidos- los tienen ustedes, y desde ahí actuar. Sálganse de nuestras marchas y métanse a sus grupos de WhatsApp a señalar violencias a sus amigos. Dejen de llamarse feministas y mejor, desde sus disciplinas que nadie les cuestiona, promuevan cambios sustanciales. ¿Qué estos cambios implican la pérdida de algunos de sus privilegios? Sí. Pero los beneficios son mayores. Y además, así como los países colonizadores tienen una deuda colonial, ustedes tienen una deuda patriarcal. Actuar es su obligación moral e histórica.

PD: Revisé mí ortografía SIETE veces, para evitar que una falta los hiciera frenar su lectura. Una tilde es suficiente para poner párrafos de conocimiento en duda ¿Ven? Si llegaron hasta aquí, espero haberlo logrado. Si no lo logré, porque la ortografía me cuesta, espero que hayan encontrado en mi texto un valor que trascienda a las reglas de la RAE, y se los agradezco.


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