Las amigas y el tiempo


Recuerdo a mi abuelita hablando horas por teléfono con su amiga Lola. Fueron tardes que guardo en colores cálidos. Me sentaba junto a ella, disimulando no escuchar la conversación, intrigada sobre por qué mi abuelita pasaba tanto tiempo al teléfono cuando hablaba con Lola. ⠀ Confieso que a veces sentía un poco de celos porque nuestras tardes eran nuestras y siempre las pasábamos cocinando, tejiendo, haciendo manualidades o persiguiendo a Manuel el de la fruta, (a veces también al paletero o al pan panadero, dependiendo de nuestros antojos).

Recuerdo que cuando hablaba con Lola, muchas veces se le salían lágrimas de tristeza y yo no entendía por qué. En ocasiones, al colgar el teléfono, se acercaba a mí para contarme lo difícil que había sido la vida de Lola.

En una de esas veces me explicó que Lola llegó a México siendo una niña, junto con otros niños que huían del régimen de Franco en España. Yo no tenía ni idea de lo que eso significaba pero se me quedó muy guardado que Lola estaba triste seguido y mi abuelita la acompañaba por teléfono. ⠀ Mi abuelita, una mujer activa, con la que pasé las mejores tardes de mi vida, y la persona que más he admirado, siempre tenía tiempo para sus amigas, y yo por fortuna (para mí, y tal vez no tanto para ella), podía acompañarla la mayoría de las veces.

Pasaron los años y mi abuelita tuvo algunas complicaciones de salud. De pronto ya no podía caminar como antes, ni cocinar, ni perseguir a Manuel el de la fruta, ni comer paletas o pan como lo hicimos muchas tardes de mi infancia. Poco a poco se le fue apagando la energía que trasmitía con sus ojos siempre.

Algunos años más tarde ya no podía ni hablar ni comer bien si quiera. Dependía por completo de quienes teníamos el honor de regresarle un poquito de todos los cuidados que nos dio. Mi abuelita estaba llena de tristeza la mayoría del tiempo. Sus dificultades para hablar hacían que dejara de hacer el esfuerzo por comunicarse. ⠀ Una tarde de colores no tan cálidos como los de mi infancia, llamó Lola, la amiga queridísima de mi abuelita. Como mi abuelita necesitaba apoyo para sostener el teléfono pude escuchar lo que se dijeron.

Los ojos de mi abuelita, por unos minutos, se iluminaron de la energía de antes. Como pudo, hizo todo el esfuerzo por comunicarse con ella. Entre llantos y palabras a gritos, hablando al mismo tiempo porque a ninguna le funcionaban bien los oídos, intentaron decirse lo mucho que se extrañaban. Lola, que podía expresarse mejor, le dijo que se encontraba en un asilo de adultos mayores en Ciudad de México.

Antes de colgar, pese a la avanzada edad de ambas, y pese a las pocas posibilidades de un encuentro físico, se despidieron prometiéndose que se volverían a encontrar pronto.

Mi abuelita sin poderse mover por sí misma, y Lola en un asilo kilómetros lejos de ella, prometieron verse de nuevo. Inmediatamente cuando acabó la llamada, mi abuelita volvió a apagar sus ojos para irse a ese lugar de espera al que se iba siempre.

No sé si cuando se prometieron encontrarse olvidaron los años que traían encima. O si su promesa hablaba de otro lugar que no era precisamente la tierra.Lo que sí sé es que esa promesa la hicieron muy en serio, y que mi abuelita regresó por unos minutos a una versión de ella que llevaba mucho tiempo dormida.

La amistad sorora permanece en nuestras vidas y trasciende de ellas. El amor de amigas nos acompaña, nos cuida, nos mima, y muchas veces, incluso nos salva.


En memoria de mi abuelita Esther y su amiga Lola donde sea que estén.




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